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Opinión

Recuerdos del futuro. La política exterior de Bukele

Bukele viaja entre dimensiones inexistentes en la Realpolitik; él y su tripulación se mueven sin brújula, trayendo, al presente, lo peor del pasado de El Salvador convirtiéndolo en una encrucijada no solicitada entre democracia o tiranía, entre República o dictadura.

Dr. Napoleón Campos. Experto en RR.II. e Integración Regional.

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en

El suizo Erich von Däniken publicó en 1968 su libro “Recuerdos del futuro” con el que pretendió demostrar que el ser humano evolucionó gracias a las visitas interestelares de seres de otros mundos, visitas retratadas en las pinturas y esculturas de las comunidades ancestrales.

El título calza a cabalidad con la política exterior de Nayib Bukele. Bukele viaja entre dimensiones inexistentes en la Realpolitik; él y su tripulación se mueven sin brújula, trayendo, al presente, lo peor del pasado de El Salvador convirtiéndolo en una encrucijada no solicitada entre democracia o tiranía, entre República o dictadura.

Tras mis estudios doctorales, el Colegio de Altos Estudios Estratégicos tuvo la deferencia de publicarme las monografías “Una nueva política exterior para El Salvador” (1998) y “Las acciones exteriores centroamericanas” (1999). Señalé la necesidad de una reforma profunda tanto a la política exterior en cuanto tal -aquella política pública que se ejecuta más allá de las fronteras en función de los intereses nacionales- como a la institucionalidad en términos de modernización del Servicio Exterior dentro de un diseño del Ministerio de Relaciones Exteriores coherente a la postguerra fría y la globalización.

Bajo mi visión y propuesta era clave -en la víspera del Siglo XXI- reconocer la condición de país pequeño y periférico, y que nuestra capacidad de confrontación internacional era limitada, por no decir nula. Por ello, asenté en la primera de aquellas monografías:

“El Salvador no necesita enemigos de ningún tipo, ni países que le vuelvan la espalda. Por el contrario, por la marginación en que nos encontramos debemos ser amigos de todos los países. Nosotros somos quienes, en este mundo globalizado, estamos obligados a la política exterior más abierta posible” (p. 60)

Bukele no ha podido ni con la democracia ni con la política exterior más abierta posible. Ha utilizado la mayoría legislativa para quebrar por completo la vida constitucional colocando a El Salvador en una confrontación inútil con la comunidad internacional que le demanda restauración democrática y respeto al Estado de Derecho. Sin excepción, gobiernos y legisladores de países amigos le han dado la espalda a Bukele.

La intensidad de este reclamo es mayor desde Washington DC, pues EEUU constituye nuestra relación más estratégica junto con Centroamérica, en todos los renglones de las relaciones internacionales. Como los historiadores nos están recordando, la primera ola migratoria de salvadoreños se produjo en 1849 por la “fiebre del oro” estableciéndose a la vez una pujante ruta comercial entre los puertos salvadoreños y San Francisco, California. Es decir, a los 3 millones de paisanos de hoy en EEUU antecede un trayecto de casi 175 años.

La inoperancia de la Ministra de Relaciones Exteriores no tiene parangón, al igual que el incompatible perfil intelectual, académico y ético de la señora Milena Mayorga con el importante rol de Embajadora. Ambas funcionarias constituyen un retroceso para el Servicio Exterior en su conjunto. Por ello, Bukele opta por despilfarrar US$ 1.2 millones contratando una empresa de lobby encabezada por un exfuncionario de la Administración Trump.

La interferencia de Bukele en las elecciones de EEUU cuando llamó a que no votaran por la Congresista Norma Torres en su distrito de California, violando una orden ejecutiva firmada por Trump el 2018, llevó al copresidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, Albio Sires, a calificar a Bukele como una “amenaza a la seguridad nacional” de EEUU.

Uno a uno, estos hechos constituyen “recuerdos del futuro” con la salvedad de que Bukele -en aras de cubrir con un manto de impunidad las compras gubernamentales durante la pandemia, típicas de corrupción- aísla internacionalmente a El Salvador, trágico hito no logrado por ningún gobernante en los dos siglos de independencia del Reino de España.

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Opinión

El escándalo de los abusos y la reforma de la Iglesia

Las valiosas indicaciones contenidas en la carta en la que el Papa Francisco rechazó la renuncia ofrecida por el Cardenal Marx.

Exclusiva Digital

Publicado

en

Imagen de Himsan en Pixabay

Por Andrea Tornielli | Vatican News

“La reforma en la Iglesia ha sido llevada a cabo por hombres y mujeres que no han tenido miedo de entrar en la crisis y dejarse reformar por el Señor. Es el único camino, de lo contrario no seremos más que “ideólogos de la reforma” que no ponen en juego su propia carne”. Este es un pasaje de la carta con la que el Papa rechazó la oferta del cardenal Reinhard Marx de renunciar a la dirección de la diócesis de Múnich y Freising. Se trata de un texto papal lleno de valiosas indicaciones, que van mucho más allá del caso particular para centrarse de nuevo en lo esencial, indicando una visión y una actitud cristiana ante la realidad. Esta mirada y esta actitud se olvidan a menudo cuando -incluso en la comunidad eclesial- se corre el riesgo de atribuir un valor salvífico a las estructuras, al poder de la institución, a las necesarias y cada vez más detalladas y estrictas normas legislativas, a las “mejores prácticas” corporativas, a la lógica de la representación política trasplantada a los caminos sinodales, a las estrategias de marketing aplicadas a la misión, al narcisismo comunicativo de los efectos especiales.

Afirmar, como hace el Obispo de Roma, que ante el escándalo de los abusos, “no nos salvarán las investigaciones ni el poder de las instituciones. No nos salvará el prestigio de nuestra Iglesia, que tiende a ocultar sus pecados: tampoco nos salvará el poder del dinero o la opinión de los medios de comunicación (a menudo dependemos demasiado de ellos)”, significa una vez más señalar el único camino cristiano. Porque, como escribe el Papa al cardenal Marx, “nos salvaremos por la puerta del único que puede hacerlo, y confesando nuestra desnudez: ‘he pecado’, ‘hemos pecado’… Es en este camino de la debilidad donde la Iglesia encuentra la fuerza, cuando no tiene confianza en sí misma y no se siente protagonista, sino que pide el perdón e invoca la salvación del único que puede darla.”

Lo que escribe el Papa Francisco en la carta al cardenal de Múnich y Freising puede parecer a algunos una “no respuesta”. Porque no nos saca de la parrilla, no cierra la herida, no nos permite acusar a los demás señalando con el dedo. Por el contrario, pide que cada uno de nosotros “entre en la crisis” y confiese su propia impotencia, su propia debilidad, su propia pequeñez ante el mal y el pecado, ya sea el abuso satánico de menores o el pensar que podemos salvar a la Iglesia gracias a nuestras propias ideas, nuestras propias estrategias, nuestras propias construcciones humanas.

El Papa emérito, Benedicto XVI, en unas notas preparadas para la cumbre de febrero de 2019 sobre la protección de los menores (y posteriormente publicadas), preguntándose cuáles podrían ser las respuestas adecuadas a la lacra de los abusos, escribió: “El antídoto contra el mal que nos amenaza a nosotros y al mundo entero, en última instancia, sólo puede consistir en abandonarse” al amor de Dios. “Si reflexionamos sobre lo que hay que hacer, está claro que no necesitamos otra Iglesia inventada por nosotros mismos”. Hoy en día, “la Iglesia es ampliamente considerada como una especie de aparato político”, y la crisis provocada por los numerosos casos de abusos a manos de sacerdotes, nos presiona a considerar la Iglesia como algo que ha fracasado, que ahora debemos tomar decididamente en nuestras manos y volver a formar de una manera nueva. Pero una Iglesia hecha a sí misma no puede constituir una esperanza”.

EN 2010, en medio de la tormenta provocada por el escándalo de los abusos en Irlanda, el Papa Benedicto XVI señaló la vía penitencial como el único camino viable, diciendo que estaba convencido de que el mayor ataque a la Iglesia no venía de enemigos externos, sino de dentro. Hoy, su sucesor, el Papa Francisco, con una mirada y un énfasis consistentes, nos recuerda que la reforma, en Ecclesia semper reformanda, no se realiza con estrategias políticas, sino con hombres y mujeres que se dejan “reformar por el Señor”.

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Opinión

El mundo puede estar poniéndose más oscuro, pero debemos mantener la luz del liberalismo

El liberalismo no es una mera abstracción por la que luchamos para avanzar por su propio bien, sino por el bien de la carne y la sangre de los humanos del mundo, y en recuerdo de aquellos que han luchado la buena batalla antes que nosotros. Ahora que “la sociedad se precipita hacia la destrucción”, tengamos en cuenta nuestro propio conocimiento limitado del futuro y lancémonos “vigorosamente a la batalla intelectual” una vez más.

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Un fotograma de 'El Señor de los Anillos: El retorno del rey'

Zachary Yost | American Institute for Economic Research (AIER)

En mi estado natal, Pensilvania, el gobierno ha levantado recientemente todas las restricciones por coronavirus, salvo el mandato de la máscara para las personas no vacunadas; esto después de más de un año de distanciamiento social, cierres forzados de negocios y restricciones sin precedentes a la libertad personal. La luz al final de este túnel de pesadilla parece por fin visible. Sin embargo, hay buenas razones para temer que el sol pueda ser, de hecho, un poco más tenue de lo que recordamos desde el principio de dicho túnel.

En un ensayo reciente, Don Boudreaux, basándose en un breve discurso del liberal británico Daniel Hannan, expresó sus propios temores de que la pandemia pueda ser el principio del fin de la propia modernidad, señalando que el mundo rico y relativamente pacífico y pluralista en el que vivimos ahora es una aberración en la milenaria historia de la existencia humana. El hambre, la peste y la violencia son las características normales de la vida humana que ha tendido a ser desagradable, brutal y corta.

El liberalismo ha provocado un cambio tan radical en el modo de vida de los seres humanos que resulta difícil comprender lo anormal que es nuestra vida en la actualidad. Sin embargo, advierte Boudreaux, la respuesta a la pandemia en el último año ha hecho mucho para socavar las actitudes clave que son la base sobre la que descansa el orden social liberal. La confianza social ha sido sustituida por un miedo existencial a los extraños, el discurso abierto ha sido sustituido por la censura de la disidencia.

El ignorante ilustrado y la civilización

Sin duda, parte del daño se debe a la ignorancia de nuestros líderes sobre la verdadera naturaleza del orden social. Como escribí el pasado mes de abril, poco después de que comenzaran los encierros, los funcionarios del gobierno y de la sanidad pública hicieron declaraciones generales que dejaban muy claro que no entendían los efectos de segundo orden de sus políticas. Como dijo el filósofo español José Ortega y Gasset, un “ignorante ilustrado” que es muy inteligente en una pequeña parcela de conocimiento pero que no tiene ni idea de todo lo demás, “cree que la civilización está ahí del mismo modo que la corteza terrestre y el bosque primigenio”.

Pero la civilización no está ahí sin más. Se ha construido a lo largo de los siglos y bajo el liberalismo ha alcanzado cotas que el hombre anterior simplemente no podía concebir; y el daño que se ha hecho desde el pasado mes de marzo no será fácilmente reparable.

Puede que Daniel Hannan esté en lo cierto y que en adelante el mundo “sea más pobre, más frío, más gris, más agitado, más autoritario”. Al Estado rara vez le gusta renunciar a la autoridad que ha tomado cuando una crisis ha terminado. No cabe duda de que habrá un coro de peticiones de más intervención gubernamental para arreglar la miríada de males que creó o exacerbó mientras trataba de hacer frente al virus. Y el virus y su respuesta antiliberal se produjeron al mismo tiempo que los sentimientos antiliberales, tanto en la izquierda como en la derecha, han ido en aumento durante varios años. Parece que esta tendencia sólo va a empeorar en los próximos años.

La batalla intelectual

Quizás en ningún momento desde la Segunda Guerra Mundial ha sido más pertinente la advertencia de Mises de que “el antiliberalismo se dirige hacia un colapso general de la civilización”.

Teniendo esto en cuenta, es fácil desanimarse ante la forma del mundo en general y del liberalismo en particular. Sin embargo, la batalla por el liberalismo y el futuro de la sociedad humana que conlleva ya está perdida si cedemos a esos pensamientos desesperados y nos retiramos de la batalla. Mises escribió en una ocasión que “cada uno carga con una parte de la sociedad sobre sus hombros; nadie se ve eximido de su parte de responsabilidad por los demás. Y nadie puede encontrar un camino seguro para sí mismo si la sociedad se dirige hacia la destrucción. Por lo tanto, cada uno, en su propio interés, debe lanzarse enérgicamente a la batalla intelectual”.

Pero, si somos honestos con nosotros mismos, es mucho más fácil lanzarse a la batalla intelectual cuando las cosas van bien, y no, como parece ser el caso ahora, dirigirse hacia una derrota tras otra, si no hacia la derrota total del propio liberalismo. Si las fuerzas del antiliberalismo están realmente a punto de lograr la destrucción de la civilización, quizás sea mejor dirigirse a las colinas y ver cómo arde el mundo.

La desesperanza

Se nos puede disculpar por caer en esos pensamientos sombríos de vez en cuando (el propio Hayek admitió haber estado “muy deprimido” en los años anteriores a recibir su Premio Nobel), pero si realmente creemos en nuestras convicciones liberales, estamos obligados a seguir luchando por la verdad, por muy terribles que parezcan las probabilidades.

Irónicamente, cuando cedemos a esa desesperación, estamos cayendo en la misma trampa que impulsa gran parte del impulso antiliberal: la pretensión de conocimiento. La sociedad es infinitamente compleja y está más allá de la capacidad de los humanos para controlar directamente y planificar de forma centralizada. Lo sabemos por innumerables ejemplos y montañas de teoría. Sin embargo, cuando decimos que conocemos el futuro más allá de toda duda, que el liberalismo está perdido, también estamos cediendo a este impulso de pretender una comprensión más profunda del orden social de la que realmente poseemos. El futuro es radicalmente incierto y no sabemos lo que va a pasar. Por lo tanto, todavía existe la posibilidad de que nuestros esfuerzos no sean en vano.

Sin embargo, mientras que una comprensión hayekiana del problema del conocimiento puede ser suficiente para despertar a algunas personas de sus camas cada mañana, el conocimiento abstracto no es suficiente para la mayoría de la gente. Afortunadamente, aunque quizás sorprendentemente, podemos encontrar los mismos principios en la obra mucho más conmovedora y motivadora de J.R.R. Tolkien.

El Señor de los Anillos

Uno de los elementos clave de la historia de Tolkien en El Señor de los Anillos es que el mundo en el que se desarrolla es un mundo de decadencia civilizatoria. El otrora orgulloso y poderoso reino de Gondor no es más que una sombra de su antiguo poder y gloria; Aragorn recita el Lamento de los Rohirrim, que rezan que “los días han bajado en el Oeste”. Con el renovado poder de Sauron, toda esta decadencia y debilidad se hace aún más evidente. Sin embargo, la forma en que los personajes reaccionan ante esta situación es uno de los elementos clave de la historia que mejor puede verse en el contraste entre los personajes de Theoden y Denethor.

Theoden y Denethor tienen muchas cosas en común. Ambos son los líderes de sus respectivos pueblos, ambos son viejos, ambos han perdido a sus herederos y ambos tienen una visión muy pesimista del futuro. Sin embargo, ambos reaccionan a la situación de maneras completamente diferentes. El estudioso de Tolkien Tom Shippey, en su libro J.R.R. Tolkien: Author of the Century, señala varias características contrastantes acerca de Denethor con las que uno de tendencia intelectual no puede evitar sentirse culpable a veces. Shippey señala que “Denethor es más listo que Theoden, sabe más, es más civilizado y quizás más inteligente: pero no es más sabio… Mira demasiado lejos en el futuro y malinterpreta lo que ve. Sobre todo, confía en sus propias cadenas de lógica”.

Sabiduría y arrogancia

La arrogancia intelectual de Denethor se simboliza en el uso del palantir, una piedra de visión que le permite ver lugares lejanos y el futuro. Sin embargo, a Denethor, al igual que Saruon y Saruman cuando consultan las piedras de ver, se le muestra algo que es verdad sin contexto y es engañado. Creyendo que Sauron ha recuperado el Anillo Único, se suicida desesperado.

Theoden, al igual que Denethor, cree que el mundo se está yendo al infierno en una cesta; pero a diferencia de Denethor, no se deja llevar por la desesperación. Theoden no es tan inteligente como para confiar en sus “propias cadenas de lógica” como Denethor, y tampoco consulta un palantir para intentar conocer el futuro con certeza. Aunque Theoden piensa que la situación es sombría, no deja que esa desesperación lo domine porque tiene otros valores que lo motivan más allá de ella. Se preocupa por su pueblo y desea estar a la altura de la gloria y el honor de sus nobles antepasados. Sigue haciendo lo que es correcto, aunque no sabe cómo acabará. Y al final, aunque es asesinado, no se produce la fatalidad que temía.

¡Lancémonos a la batalla!

Como sólo empezamos a catalogar y comprender el verdadero coste del último año de desastre antiliberal provocado por el hombre, inevitablemente nos enfrentaremos a periodos en los que estaremos tentados de ceder a la desesperación de Denethor en nuestra convicción de que hemos visto el futuro. Puede que estemos en lo cierto, pero no lo sabemos con certeza, y si no continuamos con ese resquicio de esperanza, la causa del liberalismo estará verdaderamente perdida. Pero, como demuestra la obra de Tolkien, “incluso los muy sabios no pueden ver todos los extremos” y las cosas pueden salir mejor de lo que esperábamos.

El liberalismo no es una mera abstracción por la que luchamos para avanzar por su propio bien, sino por el bien de la carne y la sangre de los humanos del mundo, y en recuerdo de aquellos que han luchado la buena batalla antes que nosotros. Ahora que “la sociedad se precipita hacia la destrucción”, tengamos en cuenta nuestro propio conocimiento limitado del futuro y lancémonos “vigorosamente a la batalla intelectual” una vez más.

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Opinión

En el capitalismo, la cooperación es tan importante como la competencia

Un destacado profesor de una importante universidad condenó la economía de mercado con el argumento de que la cooperación era buena y la competencia mala. ¡Qué falacia! Ejemplo: Cuando los panaderos compiten, el que ofrece la mejor calidad al menor precio es aquel con el que cooperamos.La competencia y la cooperación son virtudes gemelas.

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Gary M. Galles | Mises Wire

A menudo se ha afirmado que debemos cooperar en lugar de competir en la sociedad. Por ejemplo, Franklin Delano Roosevelt dijo: “Se ha demostrado que la competencia es útil hasta cierto punto y no más allá; pero la cooperación, que es lo que debemos procurar hoy, comienza donde termina la competencia”. Bertrand Russell lo expresó de forma aún más aguda cuando dijo: “Lo único que redimirá a la humanidad es la cooperación”.

Sin embargo, estas opiniones, tanto ahora como entonces, tienden a incorporar una falsa comprensión de la competencia y la cooperación como opciones de uno u otro tipo. De hecho, muchas empresas supuestamente cooperativas reducen en realidad la cooperación social; mientras que la competencia de mercado proporciona un proceso pacífico que amplía la cooperación.

Leonard Read, fundador de la Fundación para la Educación Económica (FEE), era plenamente consciente de nuestra dependencia mutua de la cooperación, de nuestra interdependencia. Un lugar en el que abordó este tema fue su “El bien a nuestro alcance”, capítulo 19 de su libro de 1981 “¿Cómo lo sabemos?”. En su cuadragésimo aniversario, vale la pena recordarlo.

“Supongamos que no hubiera unión, que cada individuo dependiera únicamente de sus propios pensamientos y productividad…. ¡Todos morirían de hambre! … Simplemente pregúntate a ti mismo, quienquiera que seas, lo bien que prosperarías si dependieras sólo de lo que sabes hacer.

¿Por qué la unión es un comienzo? Porque da lugar a una puesta en común de nuestras especializaciones…. Nos hemos vuelto interdependientes; cada uno de nosotros depende de las especializaciones únicas de los demás y de la libertad de intercambio.

No hay duda de que trabajar juntos conduce al éxito”.

Aunque muchos considerarían estas palabras poco destacables, lo que sí es destacable es que Read entendió la competencia de mercado como un medio esencial para ampliar y mejorar la cooperación, en lugar de una amenaza o un obstáculo para la misma. Esto se debe a que la competencia de mercado es un proceso de descubrimiento que revela lo que de otro modo sería desconocido: quién cooperará mejor con nosotros, y cómo, a través de los márgenes casi incontables en los que interactúan las opciones individuales. Los que cooperan más eficazmente con los demás obtienen mayores recompensas, y cuanto más fuerte es la competencia por el patrocinio de los consumidores y los empleados, más se desarrolla esa cooperación.

El problema es mantener la libertad de cooperar y competir

Un destacado profesor de una importante universidad condenó la economía de mercado con el argumento de que la cooperación era buena y la competencia mala. ¡Qué falacia! Ejemplo: Cuando los panaderos compiten, el que ofrece la mejor calidad al menor precio es aquel con el que cooperamos. La competencia y la cooperación son virtudes gemelas; y cuando se observan estrictamente forman lo que bien podría llamarse “la sociedad del agradecimiento”. Cuando compro una barra de pan digo “gracias” porque quiero el pan más que el dinero. El tendero dice “gracias” porque quiere el dinero más que el pan. ¡Este es el mercado libre a nivel de pan y mantequilla!

Leonard Read contrastó su concepción de la competencia como medio para mejorar la cooperación con un intento fallido de cooperación forzada por parte del gobierno que él había vivido.

La situación actual recuerda a la depresión ideológica de los primeros días del New Deal: la Ley de Recuperación Industrial Nacional, la NRA o el Águila Azul.

Los principales líderes empresariales y sus organizaciones nacionales respaldaron este fantástico conjunto de controles estranguladores de la economía…. ¿Por qué esta posición contraria al libre mercado?

Una razón para ello era la esperanza de librarse de la temida competencia.

La NRA fue un fracaso, lo que provocó una creciente oposición, que culminó con una sentencia del Tribunal Supremo que la declaraba inconstitucional; pero el proceso de derogación se vio obstaculizado por los argumentos a favor de la eliminación progresiva de sus restricciones para no perjudicar a la economía (por supuesto, algunos de esos argumentos procedían de quienes se beneficiaban de las restricciones). Por el contrario, Read defendía lo opuesto: que lo mejor era acabar con los abusos de las libertades de las personas lo antes posible, porque así se restablecería más rápidamente nuestra capacidad de ampliar voluntariamente nuestra cooperación mutua.

Sin embargo, después de un año de este disparate político-económico, los líderes empresariales y sus organizaciones revirtieron su posición, pero algunos arrastraron los pies. De forma abreviada, su razonamiento era el siguiente: “Debemos deshacernos de esta monstruosidad política, pero eliminémosla gradualmente. Deshacernos de ella de repente destrozaría la economía”.

Deshacerse gradualmente de lo que está mal es una táctica sin sentido…. ¡Restablecer lo que está bien ahora mismo! Y eso es lo que le ocurrió a la NRA en mayo de 1935, con la famosa decisión del Tribunal Supremo sobre el “Caso del Pollo”. A partir de ese momento cada fase de la ANR fue abolida. No quedó ni un ápice de ella. ¡El mal abolido de repente! ¿Se hundió la economía? Al contrario, los ciudadanos se pusieron a trabajar inmediatamente…. La oportunidad de trabajar juntos aumentó.

Acabar con las restricciones de la ANR reinició inmediatamente el proceso de mercado de la cooperación voluntaria; y restaurar la libertad de las personas para ofrecer bienes, servicios y enfoques organizativos superiores en acuerdos pacíficos y voluntarios condujo a resultados mucho mejores. Pero la mayoría no lo ha entendido.

Desgraciadamente, sólo unos pocos aprendieron la lección y llegaron a comprender cómo el mercado libre y sin trabas hace sus maravillas para todos.

Leonard Read sí aprendió esa lección, reforzada por la ilustración de la NRA de que “trabajar juntos para el beneficio mutuo” es a menudo la tapadera del daño a la competencia que socava nuestra capacidad de cooperar, con la pérdida de la libertad en el proceso. Vio que lo que Friedrich Hayek llamaba el “orden ampliado” creado por la competencia en el mercado mejoraba los resultados porque el requisito de obtener el consentimiento de todos los que tienen derechos en juego (una restricción ausente en la determinación política) forzaba la competencia hacia canales beneficiosos, proporcionando mejores posibilidades a todos.

La competencia en el mercado conduce a una mayor cooperación, ya que todos son libres de ofrecerse a cooperar en las condiciones que consideren aceptables. El proceso premia a los más capaces de satisfacer los deseos de los consumidores, sean quienes sean, lo que se traduce en mejores resultados tanto para ellos como para los que preferirían tratar con ellos, si se les diera la oportunidad. Favorece a los que mejor sirven a los demás, por muy débiles que sean en cuanto a poder político (una debilidad que a menudo hace que la determinación política les perjudique), añadiendo opciones para toda forma de cooperación voluntaria, que es lo contrario de la “cooperación” coaccionada.

La verdadera cooperación es voluntaria

En contra de quienes afirman la superioridad de la cooperación sobre la competencia, las relaciones de intercambio voluntario basadas en la propiedad privada (el capitalismo) proporcionan el único mecanismo que despoja a la fuerza de todas las relaciones, permitiendo la verdadera cooperación voluntaria. La cuestión no es la competencia frente a la cooperación, sino canalizar la competencia exclusivamente en formas mutuamente acordadas. A diferencia de la condena común de los mercados como antítesis de la cooperación, Leonard Read reconoció, con Ludwig von Mises (que se había unido a la FEE en sus inicios, a instancias de Henry Hazlitt), que los mercados competitivos comprenden “un sistema de cooperación mutua”, en el que “la función de la competencia es asignar a cada miembro del sistema social aquella posición en la que puede servir mejor al conjunto de la sociedad y a todos sus miembros”.

Nos encontramos de nuevo en un momento en el que los autoproclamados salvadores políticos están promoviendo la “cooperación” impuesta por el gobierno a expensas de los derechos y las libertades de los estadounidenses. Como en el caso del impulso de la administración Biden a casi todas las ventajas sindicales especiales que se han soñado. Pero esa “cooperación” socava la cooperación real y voluntaria que se desarrolla a través de la competencia del mercado. Por ello, merece la pena volver a examinar la idea de Read sobre cómo hacer avanzar “el bien a nuestro alcance”, como defensa de nuestros derechos, libertades y bienestar.

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