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Opinión

¿CONSENSO BIPARTIDISTA DESDE EEUU SOBRE EL SALVADOR?

Por Dr. Napoleón Campos, experto en Temas Internacionales.

*Escrita el 31 de octubre de 2020

La respuesta a nuestra interrogante que titula estas reflexiones es afirmativa. Pero no basta con contestar un sí. Las pulsantes semanas previas tanto en EEUU como en nuestro país demandan escribir estas líneas, pues marcan esperanzadoramente el futuro inmediato de El Salvador.

La carta enviada por 12 congresistas del Partido Demócrata al presidente Nayib Bukele -entre ellos Eliot Engel, quien preside la comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes; Nita Lowey y Patrick Leahy, del comité de Apropiaciones; y Albio Sires del subcomité de Asuntos para el Hemisferio Occidental- marcó una contrarreloj que no imaginábamos ese 10/09/2020.

Los políticos demócratas expresaron su preocupación por el deterioro constitucional e institucional perpetrado por Nayib Bukele desde el 09/02/2020 cuando se tomó militar y policialmente la Asamblea Legislativa. Igualmente, le reclamaron a Bukele por sus ataques directos contra la prensa, en particular contra la prensa independiente y de investigación.

Bukele se mofó de la carta. Buscó minimizar y descalificar su importancia. Bukele no imaginaba que recibiría una segunda carta dos semanas después, sólo que los remitentes fueron seis congresistas del Partido Republicano del presidente Donald Trump. Estos congresistas -entre ellos el más influyente latino republicano, Díaz-Balart de la Florida- le reprocharon a Bukele su “alejamiento lento pero seguro del Estado de Derecho y las normas de la democracia”.

Bukele no cambió el libreto y hasta ninguneó y ridiculizó a los políticos estadounidenses. Incluso, violando el Art. 4 del Convenio de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, improvisó para equivocarse una vez más en Política Exterior y juramentó a una embajadora ante EEUU, sin contar antes con el asentimiento del país receptor de su juramentada quien, de paso, ni por cerca cumple con los criterios de formación académica y profesional propias para un puesto de tal importancia.

Cuando no se esperaban más sorpresas, el equipo asesor del candidato demócrata, Joe Biden, movió pieza en el tablero al hacer público (26/10/2020) el plan para Centroamérica el cual, de ganar la Casa Blanca, tendrá como centro la lucha contra la corrupción más inversiones público-privadas en torno a los US$ 4 mil millones entre 2021-2025. Sin opciones, el Gobierno Trump respondió sancionando al día siguiente a dos políticos guatemaltecos -un diputado y una exdiputada (cuya hija es titular en el PARLACEN)- a quienes calificó como “corruptos” y acusó de “socavar el Estado de Derecho en Guatemala”. El 30/10/2020, remataría el Gobierno Trump este giro en El Salvador, por medio de su Honorable Embajador, Ronald Johnson, quien en conferencia de prensa afirmó: “La amistad de EEUU depende del respeto a la democracia…insistimos en el respeto a las diferentes ramas del gobierno y la separación de los poderes, pues son pilares que sostienen la democracia”

Así nos encuentran las elecciones del 3 de noviembre: con un trascendental consenso bipartidista hacia El Salvador. Gane quien gane la Casa Blanca no me queda duda de que en el combate contra los corruptos de ayer y hoy nuestro país tendrá un firme aliado para los próximos años.

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Opinión

Por qué creo que el síndrome de enajenación por Covid es real

A continuación se enumeran algunos de los hechos, tal y como yo los entiendo, sobre el Covid-19, así como sobre la reacción a esta enfermedad. Aunque algunos de estos hechos están más firmemente establecidos que otros, creo que cada uno de los hechos detallados a continuación es legítimo, y que mis interpretaciones de los mismos son plausibles.

Exclusiva Digital

Publicado

en

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Donald J. Boudreaux
American Institute for Economic Research

En las últimas dos semanas he recibido correos electrónicos en los que se me insta a moderar mis críticas a las restricciones impuestas en nombre de la lucha contra el Covid-19. La mayoría de los corresponsales son educados, sinceros e incluso afectuosos. Sin embargo, todos están convencidos de que subestimo la amenaza que supone el Covid para la humanidad. Todos esperan que me tome esta amenaza mucho más en serio.

Lo que sigue a continuación es parte de mi respuesta a cada uno de estos corresponsales. Este ensayo no pretende hacerles cambiar de opinión, sino explicar mejor por qué mantengo la posición que tengo respecto al Covid, así como las respuestas del público y los gobiernos al mismo. Para que conste, entiendo que cada persona tiene diferentes preferencias de riesgo. Respeto sinceramente estas diferencias.

También comprendo que diferentes individuos tienen incluso diferentes percepciones de la realidad. Al igual que la comprensión de la realidad que se consigue cuando personas con los ojos vendados tocan cada una una parte diferente del elefante, la realidad no se revela a todos de la misma manera. Sin embargo, soy lo suficientemente anticuado como para creer que existe una realidad objetiva, y que el deber de todos los que comentan públicamente esa realidad es hacer todo lo posible por comprenderla lo mejor posible, a pesar de la inaccesibilidad de la comprensión perfecta.

También creo que, aunque la gama de diferencias legítimas en esta comprensión es amplia, esta gama no es ilimitada. Algunas comprensiones están tan alejadas de la realidad que son ilegítimas. Es decir, no deben tomarse en serio. Cada lector debe juzgar por sí mismo si mi comprensión de la realidad, tal como la expreso aquí (y en otros lugares), se encuentra dentro o fuera del rango legítimo.

A continuación se enumeran algunos de los hechos, tal y como yo los entiendo, sobre el Covid-19, así como sobre la reacción a esta enfermedad. Aunque algunos de estos hechos están más firmemente establecidos que otros, creo que cada uno de los hechos detallados a continuación es legítimo, y que mis interpretaciones de los mismos son plausibles.

Además, creo que mi comprensión justifica mi relativa falta de ansiedad sobre el probable impacto del Covid en mi persona y sobre su impacto en la humanidad. Y creo que los hechos, tal y como los entiendo, justifican mi descripción de las reacciones de los medios de comunicación, el público y los gobiernos ante el Covid como histéricamente excesivas.

Los peligros sobreestimados del Covid y subestimados de los bloqueos

  • El Covid-19 es desproporcionadamente letal, y en gran medida, para las personas muy ancianas y enfermas. En los Estados Unidos, hasta el 17 de febrero de 2021, casi un tercio (31,8%) de las “Muertes relacionadas con el Covid-19” -según la definición y los informes de los CDC- eran de personas de 85 años o más. Casi el 60% (59,6%) de estas muertes fueron de personas de 75 años o más. Más del 81% (81,3%) fueron de personas de 65 años o más. A pesar de las excepciones anunciadas por los medios de comunicación, el sufrimiento grave del Covid-19 es en gran medida una experiencia para personas muy mayores.
  • Aunque el Covid-19 es, en efecto, inusualmente peligroso para las personas muy ancianas, todavía no está cerca de ser una sentencia de muerte. Se calcula que la tasa de mortalidad por infección para las personas de 85 años es del 15%; para las de 75 años, del 4,6%. Para las personas de 65 años, la tasa de mortalidad por infección de Covid se estima en un 1,4%. Y para las personas de 55 años se calcula que es del 0,4%.
  • La letalidad global del Covid comparada con la de la gripe estacional no es más de 10 veces mayor. (Según algunas estimaciones, la letalidad del Covid, comparada con la de la gripe, es tan sólo 3,5 veces mayor). Por supuesto, dado que la letalidad del Covid aumenta innegablemente de forma significativa con la edad, para los ancianos el Covid es mucho más de 10 veces más mortal que la gripe, y para los jóvenes el Covid es mucho menos de diez veces más mortal. (Téngase en cuenta que las cifras de este párrafo y de los dos anteriores proceden principalmente de antes de que se administrara ninguna vacuna).
  • Desde la primavera de 2020, los hospitales en los EE.UU. han tenido el incentivo financiero para inflar sus números sobre el Covid. Como se informó el 24 de abril de 2020, por USA Today, “La legislación de alivio del coronavirus creó una prima del 20%, o complemento, para los pacientes de COVID-19 de Medicare”. La inflación de Covid también se produjo fuera de los Estados Unidos. En Toronto, por ejemplo, los funcionarios admiten que están inflando el recuento de muertes por Covid. Esto lo dice la Salud Pública de Toronto: “Los individuos que han muerto con COVID-19, pero no como resultado de COVID-19, se incluyen en el recuento de casos de muertes por COVID-19 en Toronto”. (Lo animo a que lea todo el hilo de Twitter).
  • Los cierres, en sí mismos, tienen consecuencias negativas para la salud. ¿Cómo no iban a tenerlas, aunque el único efecto de este tipo se deba a la mayor dificultad de la gente para visitar a los médicos por enfermedades y lesiones no relacionadas con el Covid? Pero hay pruebas de que las consecuencias negativas para la salud de los cierres se extienden más allá de las derivadas del retraso o la renuncia a los tratamientos médicos.
  • Hay pruebas creíbles de que los cierres no reducen significativamente la exposición de las personas al coronavirus.
  • Los bloqueos tienen consecuencias personales y sociales negativas. Evitar el contacto con la familia y los amigos, incluso durante las festividades. Imposibilidad de confraternizar en su gimnasio, cafetería, bar o restaurante favorito. Restricciones en los viajes. Aunque crea que vale la pena pagar estos costes, no puede negar que son graves.
  • Los cierres tienen un grave impacto negativo en la actividad económica. ¿Cómo no iban a tenerlo, si se impide a la gente ir a trabajar y realizar gran parte de la actividad comercial ordinaria? Existe un debate sobre qué parte del descenso de la actividad económica se debe a la acción voluntaria y qué parte a los cierres forzosos. Incluso teniendo en cuenta la probabilidad de que el miedo de la gente al Covid se vea avivado por el hecho mismo de que los gobiernos recurran a la dramática acción de encerrarnos, existen pruebas de que una gran cantidad de daños económicos fueron causados por los propios cierres.

La desinformación y los malentendidos proliferan

  • No recuerdo que los medios de comunicación hayan dado cuenta de las muertes causadas por la gripe estacional, los accidentes de tráfico, las enfermedades cardíacas o cualquier otra causa importante de muerte. Sin embargo, los medios de comunicación sí dan cuenta de los casos de Covid. De este modo, se crea la falsa impresión de que los peligros que plantea el Covid difieren categóricamente de los que plantean otros riesgos graves de la vida. Me parece increíble suponer que estas informaciones descontextualizadas y tendenciosas no den al público en general una impresión terriblemente distorsionada y exagerada de los peligros del Covid, una impresión que luego se refuerza con la comunicación entre las personas.
  • El propio pánico es contagioso. Como observó Gustave Le Bon en 1895, “Las ideas, los sentimientos, las emociones y las creencias poseen en las multitudes un poder de contagio tan intenso como el de los microbios”. Las redes sociales y otras fuentes de contacto 24/7/365 con hordas de desconocidos son un nuevo fenómeno que, me parece, ha creado una multitud sin precedentes a través de la cual se propaga el pánico.

El pánico, a su vez, corrompe la capacidad humana de tomar decisiones. Esta corrupción se ve agravada por la retroalimentación de la cámara de eco dentro de la multitud. Si se combinan estas dos realidades con una tercera, a saber, la dificultad que experimenta la persona típica para expresar su desacuerdo con una narrativa dominante, no es de extrañar la abrumadora aceptación del relato oficial del Covid, cargado de miedo. Pero esta abrumadora aceptación no implica su propia validez.

  • He encontrado en los principales medios de comunicación demasiados relatos atrozmente engañosos sobre el Covid como para no descontar seriamente lo que los medios (y los funcionarios del gobierno) “informan” sobre Covid.
  • Décadas de seguir los informes de los medios de comunicación y las declaraciones de los políticos sobre la realidad económica me convencieron hace tiempo de que la proporción de desinformación respecto a la información es terriblemente alta. Como sé que la mayoría de las personas de los medios de comunicación y del gobierno están patéticamente desinformadas sobre la realidad económica – porque sé que estas personas son en gran medida innumerables y, en muchos casos, intelectualmente perezosas – porque sé que los expertos y los políticos a menudo ignoran los hechos y las explicaciones que no se ajustan a sus prejuicios – tengo todas las razones para dudar de los informes sobre las cifras, para cuestionar las explicaciones y para rechazar los giros que emiten los medios de comunicación y los políticos.

La justificación de mi escepticismo respecto a la narrativa popular sobre Covid sólo se ve reforzada por el pánico resultante. Conscientes de que el público está en estado de pánico, los expertos y los políticos, que son propensos a jugar con la verdad en tiempos normales, se sienten aún menos obligados a hablar con cuidado y precisión en tiempos de pánico.

  • La reacción a la declaración de Great Barrington demuestra por sí sola la grave falta de cuidado de demasiadas voces de la corriente principal. Este descuido me pone aún más en alerta contra la percepción popular del Covid.

Por ejemplo, Paul Krugman atacó la Declaración con un ad hominem. Este pensador laureado con el Premio Nobel afirmó que la Declaración debía ser desestimada por la organización que reunió a los tres aclamados científicos que la redactaron. Esa organización, por supuesto, es la AIER, que -Krugman cree extrañamente que este hecho es relevante- dice que está “vinculada al Instituto Charles Koch”. (No es que importe, pero este “hecho” no se acerca -ni remotamente- a lo que implica la redacción de Krugman).

Por cierto, la Declaración de Great Barrington tampoco aboga por una estrategia de “dejarse llevar”. Pero nunca se sabría este hecho leyendo muchas “descripciones” de la misma. (Al buscar en Google “Declaración de Great Barrington” y “let it rip” -con cada uno de los dos términos entre comillas- se obtuvieron, el 21 de febrero de 2021, 34.200 resultados).

Síndrome de enajenación por Covid

Podría enumerar muchas otras razones por las que estoy convencido de que el miedo de la humanidad al Covid-19 surge de una profunda desinformación sobre esta enfermedad. También podría ampliar mi lista de razones por las que creo que las precauciones del público son muy desproporcionadas con respecto a los peligros reales de esta enfermedad, y por las que considero que los cierres, las órdenes de uso de máscaras, los “hoteles” de cuarentena y otras restricciones son una tiranía totalmente injustificada por los hechos. Pero ya he colmado la paciencia de los lectores.

No es necesario tener Covid para tener una vida significativa y sufrir una muerte dolorosa. Sin embargo, la mayor parte del público, los medios de comunicación y los gobiernos han reaccionado ante el Covid como si las únicas muertes que importaran fueran las del Covid, como si las únicas vidas que importaran fueran las de las personas con Covid, como si el único riesgo que importara y, por lo tanto, el único riesgo que valiera la pena reducir fuera el riesgo de padecer Covid.

Esta falta de proporción -esta repentina ignorancia de que nuestras vidas están ineludiblemente llenas de muchos riesgos diferentes que deben compensarse entre sí-, este tratamiento de las muertes por Covid como si fueran categóricamente peores que las que no lo son, todo ello combinado con una fe ciega en que los políticos y los burócratas utilizarán sus vastos poderes de forma sabia, prudente y eficaz, es lo que yo llamo “Síndrome de enajenación por Covid”.

Creo que este síndrome es real y merece un nombre que llame la atención. Esta llamada de atención está justificada, porque además creo que este síndrome supone un riesgo peligroso para la humanidad que empequeñece el riesgo que supone el SARS-CoV-2.

Donald J. Boudreaux es investigador principal del American Institute for Economic Research y del Programa F.A. Hayek de Estudios Avanzados en Filosofía, Política y Economía del Mercatus Center de la Universidad George Mason. Es miembro del Consejo del Mercatus Center, y profesor de Economía y ex jefe del departamento de Economía de la Universidad George Mason. Es autor de los libros The Essential Hayek, Globalization, Hypocrites and Half-Wits. Sus artículos aparecen en publicaciones como el Wall Street Journal, New York Times, US News & World Report, así como en numerosas revistas académicas. Escribe un blog llamado Cafe Hayek y una columna regular sobre economía para el Pittsburgh Tribune-Review. Boudreaux es doctor en Economía por la Universidad de Auburn y licenciado en Derecho por la Universidad de Virginia.

Publicación bajo licencia del American Institute for Economic Research. Ver artículo original (en inglés).

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Opinión

Absolución de Trump y “podredumbre constitucional”: partidismo versus principios

Exclusiva Digital

Publicado

en

Imagen de kalhh en Pixabay

John E. Finn
Profesor emérito de Gobierno, Universidad de Wesleyan
The Conversation

La decisión del Senado de absolver al expresidente Donald Trump en su segundo juicio político puede haber sido una victoria para Trump. Pero es una clara señal de que la democracia en Estados Unidos goza de mala salud.

Como estudioso de la Constitución, creo que Estados Unidos -la primera democracia constitucional del mundo- se encuentra en un estado de lo que yo llamo “podredumbre constitucional.”

En una democracia constitucional, la autoridad de la mayoría para gobernar está limitada por el imperio de la ley y por un conjunto de normas y principios legales establecidos en la Constitución.

La podredumbre constitucional es una situación en la que parece que nos regimos formalmente por las normas constitucionales y el Estado de Derecho, pero la realidad es muy distinta. Cuando la podredumbre se instala, los funcionarios públicos y el público ignoran o subvierten rutinariamente esas reglas mientras profesan santamente su fidelidad a ellas.

La podredumbre constitucional no es sólo un fracaso del derecho constitucional: es un fracaso de la democracia constitucional.

La apariencia no es la realidad

Entre las prácticas y principios de una democracia constitucional se encuentran el gobierno limitado y la separación de poderes, el gobierno de la mayoría a través de elecciones justas y libres, el respeto a las minorías y a las libertades individuales, y el gobierno basado en la razón y la deliberación. Estos principios son famosos en el Federalista nº 1, un ensayo de Alexander Hamilton que establece:

Parece que se ha reservado al pueblo de este país… decidir la importante cuestión de si las sociedades de hombres son realmente capaces o no de establecer un buen gobierno a partir de la reflexión y la elección, o si están destinadas a depender para siempre de la fuerza y el accidente para sus constituciones políticas.

En mi libro, “Poblar la Constitución”, pedí a los ciudadanos que “imaginaran un cuadro feo: Una ciudadanía que no está dispuesta a hacer que sus representantes o ella misma rindan cuentas de las normas y valores constitucionales básicos y fundamentales”. Esto podría ocurrir porque la fidelidad a ellos se ve superada por algún otro objetivo, como la seguridad o el mantenimiento del poder. O por un impulso básico como el miedo.

O tal vez el pueblo no exija responsabilidades a los representantes o a sí mismo porque no sabe cuáles son esos principios y valores o incluso si están en peligro.

Las elecciones de 2020 y sus largas secuelas, que culminaron con un segundo juicio de destitución de Trump, son una señal clara e innegable de lo podridas que están las cosas, constitucionalmente hablando.

Trump y muchos de sus partidarios republicanos inflamaron una insurrección y alentaron la violencia dirigida a una rama coigualitaria del gobierno -el Congreso- mientras cumplía con una de sus responsabilidades constitucionales más básicas: ratificar los resultados de las elecciones presidenciales.

Lo que terminó el 6 de enero de 2021 como un asalto a los representantes del pueblo comenzó meses antes como un ataque al proceso electoral.

Trump y sus aliados justificaron ambos como el trabajo de verdaderos patriotas constitucionales que pretendían salvar a la república de un fraude electoral imaginario.

Elecciones: Lo básico

Las elecciones libres y justas son fundamentales para la democracia constitucional. Por eso las elecciones son un buen indicador de la podredumbre constitucional.

Una democracia constitucional que no puede celebrar elecciones libres y justas, y que tanto los ganadores como los perdedores reconozcan como legítimas y concluyentes, no puede llamarse a sí misma democracia.

Igual de importante: la percepción de la imparcialidad y la anticipación de la imparcialidad son fundamentales para la legitimidad electoral y la confianza pública tanto en el proceso como en el resultado. Los ataques injustificados e infundados a la legitimidad de los resultados electorales causan un daño insidioso y a largo plazo al propio tejido de la democracia constitucional.

Las elecciones de 2020, según la evaluación de los funcionarios electorales profesionales y no partidistas, los expertos en políticas y los académicos, fueron una de las más seguras en la historia de Estados Unidos. Considere un hecho simple y abrumador: Trump y sus aliados presentaron más de 60 demandas para tratar de anular la elección presidencial en los tribunales federales y perdieron todas menos una.

En muchos de esos casos, los jueces involucrados -muchos de ellos designados por Trump- escribieron opiniones que hablaban en un lenguaje inusualmente duro sobre la frivolidad de las demandas.

Y, sin embargo, Trump y muchos de sus compatriotas republicanos, en lugar de reconocer la derrota, se empeñaron en deslegitimar sin fundamento la elección.

Los líderes republicanos, muchos de los cuales sabían que las acusaciones de Trump carecían de fundamento, eran cínicas y profundamente corrosivas para la democracia, no dijeron nada o lo alentaron. Eso culminó en la votación de certificación en la Cámara de Representantes el 6 de enero, cuando 121 representantes republicanos votaron para no aceptar los resultados de Arizona, y 138 votaron para no aceptar los resultados de Pensilvania.

Pero esa no fue ni siquiera la prueba más significativa de la podredumbre constitucional el 6 de enero. Aprovechando una serie de mentiras de meses -si no de años-, el presidente de la nación alentó a sus partidarios a marchar en el Capitolio, con resultados trágicos y mortales.

¿Es irreversible la podredumbre constitucional?

Las costumbres y normas constitucionales que rigen las elecciones exigen que tanto los funcionarios como los ciudadanos las hagan cumplir y las apliquen. De lo contrario, son formalidades estériles.

Al final, una democracia constitucional segura y saludable depende de los funcionarios públicos elegidos y de una ciudadanía educada que valora los principios y las prácticas de la democracia constitucional más que el poder político y la política partidista.

Por eso, el fracaso del Senado en condenar a Trump debería verse como una señal segura de lo profunda que es nuestra podredumbre constitucional.

A medida que la nación avanza, la superación de la podredumbre constitucional, creo, requiere funcionarios públicos que tengan el valor de decir la verdad y defender la Constitución. Eso es especialmente cierto cuando la amenaza proviene de uno de los suyos. La absolución de Trump en el Senado nos muestra lo poco comunes que son los funcionarios públicos.

El país tiene la suerte de que muchos jueces, y algunos funcionarios públicos, como el secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, honraron sus juramentos.

El hecho de que el Senado no haya condenado a Trump es un fracaso constitucional no sólo “en términos legales, sino en términos cívicos: un fracaso no principalmente de las instituciones políticas, sino de las actitudes cívicas”, como escribió recientemente el académico constitucional George Thomas.

Superar la podredumbre también dependería de una base de ciudadanos constitucionalmente alfabetizados que insistan en el respeto de los valores constitucionales básicos.

No hay garantía de que los ciudadanos responsables vayan a velar siempre por los valores constitucionales, pero el mejor remedio para la podredumbre es la educación cívica. Los ciudadanos no obligarán a sus representantes -o a ellos mismos- a respetar principios constitucionales que no conocen o no entienden.

Como aconsejaba Thomas Jefferson: “Si pensamos que el pueblo no es lo suficientemente ilustrado como para ejercer su control con una sana discreción, el remedio no es quitárselo, sino informar su discreción mediante la educación”.

Publicado bajo licencia Creative Commons. Ver artículo original (en inglés).

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Opinión

Le cierran puertas a Bukele. Pierde el país

La relación entre EEUU y El Salvador atraviesa por unos de los peores episodios de los que se tenga noticia en tiempos recientes.

De no rectificar en la violación recurrente y sistemática a la democracia y al Estado de Derecho, de no ser Bukele asesorado y orientado en materias que ignora como Derecho Internacional y Política Exterior, de mantener a una Ministra de Relaciones Exteriores desdibujada y a una embajadora en Washington D.C. sin la mínima calificación, quien pierde no es Bukele cuando no le abren las puertas de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, quien pierde es El Salvador.

Los consejos se los damos de gratis, porque nos preocupa grandemente el rumbo del país. Advertimos con antelación que el país podía enrutarse hacia sanciones internacionales que ya se consumaron desde EEUU antes que Donald Trump abandonara el poder: la no elegibilidad para una próxima ronda de Fomilenio 3 y la suspensión de una partida de asistencia militar. El reproche desde Washington DC es uno solo: no llegará un centavo más de los contribuyentes estadounidenses a un gobierno corrupto como el de Bukele que instrumentaliza las fuerzas armadas y la PNC en un marco de irrespeto a sentencias judiciales.

Con el inconstitucional viaje de Bukele a Washington DC -documental y testimonialmente confirmado- y el vergonzoso episodio de no ser recibido por autoridad alguna de la Administración Biden, que ya es estar en el suelo, Bukele convoca al Cuerpo Diplomático a casa presidencial no para ofrecer el retorno a la democracia sino para hablar de su particular interpretación sobre un precepto constitucional como un “intento de golpe de Estado parlamentario”. Mientras el resto del mundo recuerda la intromisión de Bukele con soldados y antimotines a la Asamblea Legislativa el 9 de febrero de 2020 y su desprecio a los Acuerdos de Paz, él prefiere aislarse de la civilización democrática y con ello pierde el país.

Pero hay más. El fracasado viaje de Bukele a Washington DC puso al desnudo varios de los temas que le causan ansiedad: la transformación de la CICIES en una entidad que genuinamente apoye la investigación contra la impunidad y la corrupción (el Gobierno Biden ya adelantó su interés en apoyar una CICIES de esa calidad), que Celia Medrano, veterana defensora de los Derechos Humanos, sea electa Secretaria Ejecutiva de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (elección que ha vetado), y que la Administración Biden publique a la brevedad su primera lista de corruptos y violadores de la democracia y el Estado de Derecho en El Salvador, pues dicha lista comprenderá a altos funcionarios de pasados gobiernos y del gobierno de Bukele, quienes serán sancionados juntos a sus familiares.

Como país, perdemos amistad y confianza, que son las bases para fructíferas relaciones exteriores. Perdemos recursos valiosos de cooperación financiera y técnica. A mayor deterioro a la Constitución y a las instituciones, más dura será la respuesta de los países y bloques de países amigos con los instrumentos del Derecho Internacional en sus manos.

Los países europeos, desde el arribo de una comitiva de europarlamentarios, a finales de marzo pasado, no han movido cintura, pero ante la no rectificación de Bukele no tardarán en sumarse a esta corriente pro-democrática por el El Salvador, pues las cláusulas contenidas en Fomilenio están igualmente presentes en el Acuerdo de Asociación Unión Europea-Centroamérica que hunde sus raíces en la pacificación de nuestra región hace tres décadas.

La sociedad civil y los partidos democráticos hemos solicitado al Cuerpo Diplomático reforzar sus misiones de observación electoral. Los sucesos sangrientos del 31 de enero constituyen campanazos de lo frágil que es la democracia, pero también de la resistencia ciudadana. Los militantes del FMLN asesinados por elementos armados pro-Bukele enajenados por el odio y el fanatismo político jamás debieron morir. Ciertamente, el 28 de febrero dejo de ser una mera cita electoral. Ha pasado a ser un compromiso histórico por la restauración de la democracia en El Salvador.

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